Aislamiento

Cuando todo lo que haces es vivir, y te lo quitan…

Ayer me decía una amiga: qué poco parece importar la infertilidad ahora, ¿verdad?

Y sí.

Y no.

Lo intento. Intento vivir un día tras otro sin nada bonito que hacer. Sin ilusión. Sin planes de futuro. Sin ningún plan excepcional para después. Sin identificarme con todos esos chistes sobre “ya verás cuando seamos abuelos y hablemos de esto”. Si empatizar ni un poquitín con los que creen que por estar pasando esto junto a sus hijos tienen derecho a un % superior de reconocimiento.

A ratos tengo el privilegio de sentarme en la terraza a ver jugar a mis sobrinos en el patio de su casa. Como si me sentara a ver la película de mi vida. Ahí en un rincón viendo pasar lo que me importa pero para lo que no cuento.

Es como si algún Dios en el que no creo quisiera mandarme algún mensaje que no entiendo. Creí tener muy claro lo que quería de mi vida. Acepté que no podía ser. Elegí otra cosa. Acepté que no podía ser. Decidí seguir para delante sin querer nada.

Y depronto no hay delante siquiera.

Qué grande se hace el vacío cuando lo llenas de nada.

Ayer vi un bebé

Ayer por la mañana quedé con una amiga en un centro comercial (qué sitios tan horribles para una infértil, por cierto, los centros comerciales). Y mientras esperaba a que llegase, me senté en un banco mirando al móvil. Levanté la vista un momento porque escuché una voz que parecía la de mi amiga y mis ojos fueron directos a un recién nacido a quien su padre acunaba, panza abajo, en el banco de enfrente.

A ver, no voy a decir que sea un acontecimiento que yo vea un bebé. Porque yo creo que los veo absolutamente a todos. Si hay una embarazada, un bebé, o una madre interaccionando con su hijo, de la edad que sea, en mi campo de visión, lo veo. Si no están en mi campo de visión pero sí lo suficientemente cerca para que mi oído se entere, los oigo.

Tampoco voy a decir que sea nada nuevo esto de que yo me vaya fijando en niños, bebés, embarazadas, madres interactuando con sus hijos (para bien o para mal)… Quizá sea eso lo más complicado de entender. Que esto es algo que formaba parte de mi vida. Me encantaban los bebés y cualquier cosa que tuviera que ver con el embarazo o el parto. He devorado desde que era muy (pero muy) pequeña centenas de libros, revistas, vídeos y artículos (más o menos científicos) sobre crianza, sobre embarazo, sobre partos, sobre lactancia… He estado en algún curso, incluso, por placer. Y luego, desde que decidí dejar los anticonceptivos alrededor de los 24, empecé a devorar también todo lo que caía en mi mano sobre fertilidad, ciclos menstruales y concepción. Cuando nacieron mis sobrinos, me aprendí todo lo que encontré sobre porteo y pañales de tela. Podría fácilmente haberme autoproclamado “experta” en el tema. Creo que no había ningún modelo de pañal de tela del que no me conociera los pros y contras, el precio y el mejor sitio dónde conseguirlos. Igual para los portabebés. Encima aproveché que tenía “modelos” para probar todo lo que pude. Era “lo mío”. Y me gustaba. Me gustaba mucho. Y siempre pensaba “cuando yo tenga uno, haré esto así o de aquella manera…”.

Luego ya sabéis… Y desde entonces me entreno a “no sentir nada” cada vez que veo algo que tenga que ver con todo eso. Si voy acompañada, intento hacer como que no lo he visto. Si me toca interactuar con una embarazada o madre reciente, intento no decir nada de lo que sé porque “qué sé yo si no tengo hijos”.

Ayer vi a ese bebé, como lo habría visto en cualquier otro momento de mi vida. Y por un momento me dio envidia, como me habría dado en cualquier otro momento de mi vida. Y pensé que querría que fuera mío… Y ya, el medio segundo en el que se sucedieron todos esos pensamientos en mi cabeza, fue suficiente para que sintiera algo que no habría sentido en cualquier otro momento de mi vida. Me sentí mal. Me sentí idiota por fijarme. Me sentí triste por querer yo eso cuando sé que no puedo. Me sentí avergonzada por sentirme como me sentía.

Vi a mi amiga, pasé el día, me fui a casa. Han pasado más de 24 horas. Aún me acuerdo del bebé que vi ayer por la mañana.

Sé que hace años no habría tenido el más mínimo reparo en decirle a alguien “he visto un bebé super chiquitito esta mañana y me he fijado en él”, como quien cuenta cualquier otra cosa casual que le ha llamado la atención en un día cualquiera. Tampoco habría tenido reparo en hacer en voz alta una reflexión del tipo “yo cuando tenga un hijo haré X o Y…”, o “si fuera mío me gustaría que…”.

Ahora siento como que, todo eso, que fue siempre parte de mi vida, se me hace nudo.

Qué cuesta arriba se me hace no poder hablar abiertamente de lo que siento el 80% de mis días. Y, por unas razones o por otras, la mordaza normalmente me la pongo yo. Creo que la razón principal, y no, no podría explicar por qué, es que siento vergüenza por cómo me siento. Sé que las que habéis estado en este lado de la maternidad, me entendéis. Lo que me encantaría es que alguien me contara el truco para poder hacérselo a entender a alguien que no lo ha vivido.

Hola febrero:

Hace un tiempo que no veo bebés imaginarios trepando por las escaleras de mi casa. Llevo unos cuantos días usando el “otro” baño sin tratar de encontrar el hueco donde meter un cambiador ni diseñar mentalmente las bolsitas de tela que tendría que hacer para meter todos los trastos del bebé. El “hueco” del salón ese donde en principio iba a haber un comedor pero que quedó vacío para meter un parque o una cuna hasta que nos hiciera falta una mesa más grande que la de la cocina parece que poco a poco fuera haciéndose más pequeño. O menos grande. O ya no lo siento yo tan vacío.

Voy a empezar mi tercer paquete de anticonceptivos y no echo nada de menos explorar mi moco cervical en búsqueda de clara de huevo, ni hacerme test de ovulación. Apenas han pasado 8 semanas y, la verdad, me cuesta recordar qué es lo que me ilusionaba tanto de pasarme la vida haciendo sacrificios para que mis ovarios funcionasen (la mitad del tiempo) como los de una persona normal. Tampoco echo de menos mi libido, porque nunca se fue. Ni tampoco echo de menos mi acné, porque ese tampoco se ha ido a ninguna parte, todo sea dicho, pero bueno, un poquito más tranquilo está.

Estoy empezando a pensar que sí, que voy a ser capaz de aprobar el máster y que ya “sólo” quedan 5 meses. Y en mis mejores momentos, me he sorprendido fantaseando con sacar buenas notas, encontrar un trabajo dónde me valoren y que me motive o ser capaz de ilusionarme con una nueva carrera profesional.

También a veces fantaseo con tener tiempo para cuidarme y para disfrutar de pasear, de hacer yoga, de viajar… y sentirme plena y realizada y feliz con todo eso.

No todo es bueno. Las relaciones con la gente me cuestan. Sigo teniendo una extraña sensación de vivir en un mundo paralelo desde el que veo a los demás vivir la vida que yo no puedo vivir. Tengo muchos ratos en los que me gustaría meterme en una burbuja donde sólo estuviera yo. Las situaciones estresantes me desbordan con facilidad. Las conversaciones que incluyen niños y bebés me aburren. Cada día empatizo menos con las quejas de las madres y creo que según pasa el tiempo voy reaccionando peor a los embarazos de las fértiles.

La verdad, tengo la sensación de que tengo una pieza rota por dentro. Y también tengo la sensación de que esa pieza no se puede arreglar ni cambiar por otra. A veces pienso que no puedo ser madre con algo roto. Y a veces pienso que no quiero ser madre con algo roto.

El tiempo ha empezado a preocuparme de otra manera. Ya no pienso en el daño que le hace a mis posibilidades de ser madre (eso se acabó de golpe con la vitrificación y la decisión -bendita decisión- de tomar anticonceptivos) pero sí que siento que cada día que pasa empuja mis ganas de ser madre un poco más lejos. Y hablo de la parte más real del asunto, de la de hincharse como una vaca, no poder dormir, aguantar a un gremlin que berrea durante horas, agacharse, levantarse, agacharse, levantarse, limpiar vómito del sofá, lavar pañales, quitar mocos, limpiar vómito de la pared, no poder dormir, no poder comer… No veo muy bien la manera de encajar eso en una vida que peleo cada día porque esté bien tal y como está. El hecho de que los niños y bebés cada día me aburran más (o quizá las que me aburren son sus madres), no ayuda.

Y entre eso, clases, prácticas, trabajo y estudio, paso las semanas. Qué lentas pasan las semanas.

Adiós enero.

Querido 2020…

Este año me he puesto un propósito un tanto diferente. Bueno, no es que me lo haya puesto yo, me ha venido un poco impuesto… O imprevisto, más bien. Es algo que he sentido como una especie de corazonada aunque, si me paro a pensar, me doy cuenta que sólo son las florecillas de lo que llevo un tiempo cultivando. A ver si, poco a poco, se convierten en frutos.

Este año, decía, querría no ser madre. Quiero decir, que no quiero ser madre. De nadie, ni de un bebé en brazos, ni de uno en mi barriga, ni de uno en mi cabeza, ni de uno en un congelador de algún laboratorio.

Este año, digo, me gustaría de alguna forma aprender a parar el tiempo. Ahora que estoy a tiempo. De pararlo yo para poder vivir mi vida, antes de que se me pare solo porque mi cabeza, mi corazón o mi alma (según en lo que creas) ya no puede más. Quiero echar el freno antes de que la (no)salud me obligue. Quiero conformarme y confiar. Dos verbos que no puedo decir que hayan formado (hasta ahora) parte importante de mi vida.

Quiero aprender a ser imprudente, impulsiva, irresponsable y egoísta. Un poquito, va, tampoco voy a volverme loca con sueños imposibles.

Quiero empezar de cero.

Despedirme (al fin) de ese proyecto de vida mío que nunca fue. De esa maternidad que no será. Dejar ir.

Y abrazar (de verdad) mi nueva vida, que tiene (muchas) cosas (muy) buenas. Volver a vivir y aprender a esperar lo que sea que venga, cuando venga.

Este año, decía, no quiero nada, sólo vivir.

Estas amargas fechas…

Hoy me han llamado amargada.

Amargada.

Curioso porque es justo como me sabe últimamente todo. Amargo. Sin duda, soy yo.  Pero, ¿no deberían llamarme “amargadora” o algo así más bien?

No lo sé.

Me está costando aterrizar.

Sé que me vendría bien hacer terapia pero ahora mismo no tengo tiempo.

Bueno, de alguna forma estoy haciendo otro tipo de terapia.

A veces me enfado conmigo misma, por ser tan amargada. O “amargante” o “amargadora” o amarga a secas.

Y a veces me paro a pensar y me doy cuenta de que esa señorita del espejo creció queriendo ser madre. Nada en el mundo le parecía mas doloroso que no poder serlo.

A veces leía noticias de mujeres jóvenes que tenían una enfermedad o morían en un accidente y pensaba: “joder, a mí si me dijeran que me tengo que morir y me dejaran pedir un deseo, pediría tener un bebé”. Vivir un embarazo y dar a luz a su bebé. Era “LO” que no quería perderse de esta vida.

Y de pronto pasaron cosas que la llevaron a darse cuenta de que querer un hijo de esa forma en que ella lo quería era horrorosamente egoísta. Ella era horrorosamente egoísta, entonces. Bueno igual ya no lo era porque se había dado cuenta pero lo había sido. Podía haberlo sido para siempre.

A veces en la vida te tienes que arrancar la piel porque la que llevas ya no te sirve.

La señorita del espejo hace muchas cosas. A veces hasta las caricias duelen cuando estás cambiando la piel.

Supongo que por eso le sabe todo un poco amargo.

Sigo aquí.

Hola.

¿Hay alguien ahí?

Cuánto tiempo sin sentarme aquí delante de mi pantalla vacía. Bueno, últimamente me siento mucho delante de muchas pantallas vacías. Es lo que tiene mi nueva vida de estudiante. Quizá por eso no me había tomado el tiempo de pasarme por aquí. Bueno, seguro que fue por eso. Tengo la excusa perfecta.

En realidad, lo hice por eso, para tener distracción y excusa. Porque se supone que para superar el duelo-pérdida-crisis existencial o lo que sea esto de toparse de bruces con la infertilidad en una vida que jamás habías imaginado sin hijos, hay que ponerse nuevos objetivos, fijar nuevas metas, llenar el tiempo de nuevas cosas…

¿No lo sabíais? Sí, seguro que sí. Todo el mundo sabe eso. Pero todo el mundo. Quien nunca ha querido tener hijos, quien ha querido y los ha tenido, quien no ha podido tenerlos, quien lo intentó porque “tocaba” y todo este tiempo no sabe muy bien aún en qué fregao se está metiendo…

A ver, es EVIDENTE. O sea, EVIDENTE. Quieres tener un hijo, lo intentas, lo intentas, lo intentas, lo sigues intentando, te metes en tratamientos que se llevan todo. En plan… todo. Todo tu tiempo, todo tu dinero, toda tu ilusión, todas tus ganas… todo.

Y, ¿qué pasa? Pues es EVIDENTE. Que debías haber centrado tus esfuerzos en otra cosa. O haberlos repartido. Un proyecto laboral o académico, la reforma que siempre quisiste hacer en tu casa, un reto deportivo… Algo así. Joder, cómo pude ser tan idiota de no darme cuenta de que lo estaba haciendo MAL. Era EVIDENTE.

Está claro que si hubiera invertido en mi vida laboral, me hubiera embarcado en combinar estudios con trabajo, hubiera gastado mis ahorros convertir mi casa en la casa de mis sueños, hubiera sido estricta con el deporte y me hubiera deshecho en esfuerzos por alimentar mi relación de pareja, ahora no tendría el cacao mental que tengo con respecto a la maternidad… ¿verdad? No echaría nada de menos, no me arrepentiría de no haber invertido todos mis esfuerzos en intentarlo, no tendría dudas de si realmente apostar por la maternidad es una buena idea…

Venga *modo ironía OFF*.

Lo cierto es que estoy mejor. Un poco mejor. Estoy más en paz conmigo misma y con la situación. Me siento más conforme con mis decisiones del día a día. Hago proyectos a corto plazo…

Lo cierto es que no ha sido fácil. Ni lo es.

Me ha costado mucho hacer las paces con la incertidumbre. Durante un tiempo me sentí incapaz de vivir aquí. Tenía ganas de tachar la maternidad de mi cabeza para siempre. Renunciar, ligarme las trompas, hundirme en la miseria, hacer mi duelo… y cortar las cadenas también. Salir de allí y vivir otra vida. En la que no tenía ni puta idea de lo que habría pero al menos podía tener claro lo que NO habría.

Qué dolor de alma me daba de pensarlo. Decir adiós a todo. Renunciar al poquito de ilusión que de vez en cuando se me escapaba pensando que igual un día esa señora paseando a su bebé sería yo. Pero estaba dispuesta a pagar el precio a cambio de deshacerme de esa negra nube de dudas que me perseguía a todas partes.

Al final encontré un punto intermedio. Un proyecto a medio plazo que me satisface lo suficiente. Una cesta de óvulos para más adelante si los necesito. Anticonceptivos para callar el ruidito de mis ovarios… Y callarme la puta boca todo lo que puedo. Intento no hablar de mis dudas y mis dilemas. Y voy pasando días.

Está muy bien. Cualquier terapeuta me felicitaría. He hecho todo lo que hay que hacer. Tengo proyectos nuevos, hago ejercicio, me cuido, dedico el tiempo que puedo a mis hobbies, me mantengo activa, intento “no obesionarme”. Está genial. ¿Verdad?

(Perdón, se me ha activado el modo ironía otra vez sin querer).

¿Sabéis cómo me siento?

Como si me fuera a mi casa de veraneo con mi bolsa de viaje más una maleta extra llena de ropa de invierno “por si acaso”. Todo bien, ¿verdad? Nunca se sabe si hará más fresco de lo normal y me alegraré de haber echado ese maletón de “porsi”. Sólo que el taxi se averió a unos kilómetros del destino… Y ahora voy por el arcén de una carretera estrecha, cuesta arriba y con el sol de verano pegando fuerte, tirando de todo mi equipaje. ¿Os seguiría pareciendo buena idea haberlo traído todo? Nunca se pasa uno de precavido, ¿verdad?

Es un poco como empujar el carro de la ilusión mientras tiras del de la precaución.

La verdad es que me entra frío por una puerta que no sé si tengo ganas de dejar abierta.

No sé si gestar y parir sigue estando dentro de mi lista de deseos. A veces no sé si me lo merezco y otras veces no sé si tengo derecho.

Hoy, viendo el vídeo de la actuación de Navidad de mi sobrino, me ha dado por llorar. No sé si porque me gustaría ser la madre o la maestra. Ya no sé cuál de los dos roles me parece más atractivo.

Vivo con la sensación de estar haciendo lo que se espera de mí. Pero sin tener claro si a lo que me siento obligada es a tirar de lo uno o a no soltar lo otro.

Y a veces el orgullo de ver que puedo, me llena. Y a veces el cansancio de llevarlo todo arrastras, me hunde.

¿Y por qué no adoptan?

Tengo en un cajón de mi mueble de salón los papeles para un ofrecimiento de adopción de necesidades especiales.

Era un proyecto mío de antes de ser infértil que quedó de lado y luego resurgió con fuerza y finalmente quedó metido en un cajón. En un sobre blanco, un puñado de papeles dentro. No los he movido, no he vuelto a leerlos. No los he archivado, ni los he tirado, no creo que lo haga. Ninguna de todas esas cosas. No lo haré pronto, seguro que no.

A mí me habría gustado adoptar un niño. Yo quería (muchos) niños. Y quería gestar y parir, claro, también. Por las razones más banales y egocéntricas que te puedas imaginar, sin más. Porque era un deseo visceral desde que era pequeña, un sueño, una ilusión… Llevar a un bebé dentro, parirlo, amamantarlo. Acunarlo día y noche desde sus primeras horas de vida, olerlo, acariciar durante horas infinitas esa piel de melocotón con la que vienen al mundo, verlo crecer y desarrollar todas y cada una de sus habilidades desde su minuto 0. Quería experimentar eso. Es frívolo. Y natural también. Mucha gente quiere eso. Pero cuando no te cuesta, no necesitas cuestionarte la naturaleza de tu deseo. Que le vamos a hacer.

Yo quería adoptar un niño y quería gestar y parir al menos un niño, también. Así que pensaba que igual podía tener a mis hijos biológicos y también intentar una adopción. Porque los niños que ya están en el mundo merecen todo lo que yo quería darles a mis hijos.

Eso fue hace mucho tiempo. Llamadme loca, pero yo mis ideas y proyectos de familia los empecé joven. Muy joven. Muy muy joven.

Luego aprendí que en España no hay bebés para adoptar. Hay muy poquitos y muchas familias que desean hacerlo. Familias con recursos, con ganas, seleccionadas. Un montón de familias que pueden y quieren dar a cada bebé adoptable lo mismo que querría darle yo. Y me imaginé apuntándome a esa lista infinita y sentí que era como una especie de competición. Se supone que la adopción es una medida de protección a la infancia. Se supone que la adopción es una manera de darle una familia adecuada a un niño que la necesita. ¿Qué sentido tiene ir a un sitio donde hay cientos de familias adecuadas esperando a que algún niño las necesite? No sé, es como cuando invitas a gente a cenar y de pronto todos se levantan a quitar los platos. Se monta un caos en la cocina y tú esperas amablemente dando las gracias a que todos hagan el favor de volverse a sentar para poder poner cada cosa en su sitio. ¿Para qué ofrecerme para criar a un bebé cuando cientos de personas igual o más válidas que yo ya se han ofrecido antes? ¿Por qué lo quiero? ¿Porque quiero un bebé? ¿Entonces de qué se trata, de pelearse por un bebé? Lo tuve claro: yo no pinto nada en un sitio donde no se me necesita.

(Sobre la adopción internacional no voy a escribir pero tengo una lista de “contras” y barreras morales que me es imposible superar. Siempre hay más familias que quieren bebés sanos que bebés sanos sin familias que necesitan ser adoptados. Y en países donde los derechos humanos se vulneran constantemente es muy difícil garantizar las condiciones en las que se llevan a cabo los procesos. Ha habido escándalos de niños robados relacionados con la adopción internacional. Ha habido niños enfermos dados en adopción como sanos a familias que no necesariamente estaban preparadas para ello. Hay mucho dinero de por medio, hay sobornos, hay muchas cosas turbias en muchos lugares. No juzgo, sólo hablo de mí. Y para mí, demasiadas líneas rojas que no deseo cruzar a cambio de un bebé).

Adoptar niños mayores me daba miedo. Seguramente por ignorancia, yo qué sé. Pero tenía miedo de no saber gestionar los trastornos comportamentales que pudieran tener, consecuencia de años de crecer en condiciones inapropiadas. No soy especialista en eso y no me siento capacitada para gestionarlo.

Sin embargo, adoptar a un bebé con algún tipo de discapacidad física que no interfiera con su independencia en el futuro o con alguna enfermedad que yo pueda ayudar a tratar no me daba ningún reparo. Por mi profesión y mi experiencia y por el tipo de maternidad que yo quería ejercer, sí me sentía capacitada para aportarle a uno de esos bebés algo que otras personas quizá no pudieran o quisieran aportarles.

Luego mi proyecto quedó paralizado. Quizá para siempre. Muchas cosas han pasado. Puede que nunca adopte a nadie. Igual que tú, que tuviste a tus hijos echando un polvo cuando te apeteció. La diferencia es que yo he dedicado muchas horas de mi vida a pensar en ello. He dedicado esfuerzo para determinar el tipo de compromiso que estaría dispuesta a adquirir. Me he informado y mucho.

Y tú sólo abres la boca para opinar de una vida que no es la tuya.