Me temo.

En dos meses se casa mi hermana. De segundas. En una boda con vestido, padrino, flores, banquete, primos que no hemos visto en años… En fin, una boda de esas que siempre había criticado y de las que ella siempre había renegado.

Con su anterior pareja tuvo dos hijos. Mis dos sobrinos del alma. 6 y 4 años tienen. De los que yo fui su tía-niñera durante casi 3. Y su niñera de verdad, durante más de 4 años, mi mejor amiga, que los adora. Así que, bueno, fueron mi vida durante ese tiempo, llenaban mis días, algunas noches y todos los cafés-con-charla con mi amiga de la infancia.

Estando yo en pleno meollo de TRAs, se divorció. Y lo pasé mal. No por el divorcio en sí, porque el padre de las criaturas me merece muy poco cariño, por no decir otra cosa. Más bien, por tener que ver desde la barrera cómo, tanto el padre como la madre, tomaban decisiones que afectaban a mis niños queridos sin priorizar sus necesidades (las de los niños). No voy a entrar en detalles pero el padre al que mi hermana de alguna manera “cedió” una custodia compartida, en el momento de la separación, se fue de casa y estuvo prácticamente un mes sin pasar por allí ni llamar siquiera para preguntar por los niños. La pequeña era aún un bebé de un año que tenía adoración por su padre. “Necesitaba tiempo para pensar”. Yo sólo pensaba en estar un mes sin saber nada de mi sobrina y me moría de pena de imaginarlo…

Me costó mucho. Lloré mucho. Tragué mucha rabia y mucha frustración. Habría dado un brazo por cada uno de ellos. Y sus padres no daban ni un puñado de euros uno, ni un viaje a solas con su nueva pareja la otra.

Mis padres los justificaban (a los adultos)… El “shock”, la adaptación… Yo qué sé. Yo trataba de respirar hondo y no pensar, no analizar.

Mi bebote me acompañaba a cada consulta de RA, esperaba pacientemente en la sala de espera, se sentaba en mis rodillas en silencio mientras hablaba el doctor, miraba por el ombligo con los dos ojos guiñados a ver si veía al primo que el doctor me había metido en la barriga…

Su hermano empezaba el cole y se enteraba de todo. Y sabía que lo que hacían sus padres no estaba bien, pero tenía que ceder. Era mayor y pequeño al mismo tiempo. Yo hacía lo que podía. Me habría gustado tanto poder hacerle entender que yo no le iba a fallar nunca. Que a mí tampoco me gustaba lo que le estaban haciendo y que, aunque en ese momento ninguno de los dos teníamos poder para cambiarlo, mi mano la tendría tendida siempre. Para lo que haga falta. Contra quién haga falta. Contigo siempre.

Nunca di mi opinión, pero no hacía falta. Mi hermana sabe perfectamente lo que yo opino de tener hijos. Así que poco a poco nos distanciamos. Y me fue/fui distanciando de sus hijos también. Viven muy cerca, y los veo. Pero mucho menos y de otra forma. Duele menos así.

Total, que toda esta chapa era para contaros que desde que dijo que se iba a casar, hay algo que me angustia. Y es pensar en el momento en que me anuncie que está embarazada de nuevo. Y lo hará más pronto que tarde.

Imagino el momento y sólo siento angustia, rabia, impotencia, pena… Y miedo. Porque realmente me siento incapaz, llegado el momento, de controlar mi reacción…

Lo temo. Me temo.

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Cosas de madre

Hoy he leído un tuit de una chica que entre coña e indignación contaba que le habían dicho que, con su nuevo corte de pelo, “ya sí tenía pinta de madre”.

No sé, yo hace tiempo que salgo a comprar con el chándal sucio si me hace falta algo urgente.

He ido a llevar a mi sobrino mayor al colegio con unas deportivas y un abrigo largo encima del pijama y su hermana pequeña en pijama y con todos los mocos puestos bien escondida dentro del saco de invierno del carrito. Y ni vergüenza me ha dado.

Meto casi casi hasta la punta de los dedos en el aceite al freír croquetas… Y no me quemo.

Determino con pasmosa exactitud la temperatura corporal de otra persona con un beso en la frente.

He sacado mocos verdes de la nariz de los niños con la mano desnuda. Y mejor ni cuento el número de veces que ha habido mierda de algún individuo menor de 5 años en contacto directo con mi piel… Y puedo seguir desayunando tras dejar los culos y las manos bien limpias.

No sé. Creo que tengo todos los superpoderes que se exigen para ejercer la maternidad.

¿Habrá sido por el pelo, entonces?

La píldora de olvidar

Últimamente me joden mis ovarios “adolescentes”, o “vagos”, o “poliquísticos”, o imbéciles o lo que quiera que sean.

Hace un par de días fui al ginecólogo y, una vez más (y ya van muchas en 15 años de SOP diagnosticado) me presionó para tomarme anticonceptivos. Me “presionó” o como lo queráis llamar. Si habéis tenido trastornos menstruales de cualquier tipo, seguro que sabéis a lo que me refiero.

El señor no entendía por qué quería ovular. Vamos, que me dijo literalmente: ¿Y para qué quieres ovular si no buscas embarazo?

Yo no sé qué se responde a esa pregunta, si alguien lo sabe que me lo diga porque me temo que tendré que volver a enfrentarme a ella varias veces más en mi vida.

Y la verdad que por un momento no supe ni qué pensar.

Luego pasó el rato y empecé a pensar demasiado, como para sobrecompensar, típico de mi.

La última vez que tomé ACOS tendría 23 ó 24 años. Entonces tampoco buscaba embarazo. Pero sabía que algún día lo buscaría y sospechaba que equilibrar mi sistema endocrino/reproductor no iba a ser cosa de dos días.

No lo es. Requiere dieta estricta, suplementos caros, ejercicio físico, medicamentos con efectos secundarios poco agradables… Y tiempo. Tiempo, tiempo, tiempo. Y constancia, que no es mi mayor virtud.

Podría tomar ACOS, si. Y “olvidarme de mi aparato reproductor” como dijo el señor doctor, si. En mis circunstancias es hasta tentador eso de olvidarme de mi aparato reproductor. Al fin… Olvidarme…

Ojalá pudiera yo olvidarme de mi aparato reproductor. ¿Y cuándo quiera volver a intentar tener un hijo? (Y lo querré, porque de momento no soy capaz de dar carpetazo al asunto, ya os hablé de eso en el post anterior). ¿Me olvido de mi aparato reproductor entonces? ¿Me olvido de dieta, de suplementos, de ejercicio, de metformina…? ¿Me olvido de suplementar con progesterona a mi mierda de organismo que no la produce como debe? ¿Me olvido de monitorizar ciclos? ¿Me olvido? ¿Cuánto tiempo? ¿Un año de relaciones sin protección y ni una sola ovulación es suficiente para empezar a pensar en ello? ¿Me olvido de intentarlo “natural” y sin haber probado ni una vez me voy a que me hagan inseminaciones con dos o tres folículos maduros? ¿Me olvido de los riesgos del embarazo múltiple? ¿Me olvido de la sensación asquerosa que me entra en el estómago cada vez que alguien entra en mi útero? ¿Me olvido de esa especie de calambre/pinchazo/desgarro que noto mientras me vienen a la mente recuerdos de mierda de todas las personas que ya han entrado allí antes para nada?

Me olvido.

Dice este señor que tomo ACOS y me olvido.

Mira, yo a veces en mis ratos malos de rabieta digo que me gustaría ligarme las trompas. Sería como cortar el tubo de la incertidumbre. “Pum”, ahora ya sabes que no vas a quedarte preñada follando (y quizá de ninguna otra manera): no lo pienses, no lo creas, no lo imagines, no lo sueñes.

Digo eso porque me gustaría olvidarme, y sé que es una “solución” tan estúpida como inviable. Pero lo digo y por un momento me creo que tengo el control. Me creo que yo decido.

Si los ACOS sirvieran para olvidar…

Ay, “amigos” ginecólogos…

Entonces… ¿ya no piensas nunca en ello?

La respuesta corta sería: “constantemente”.

Aunque he venido a desarrollar un poco el concepto, si me permitís.

Lo he dicho ya antes: desde que empecé a leer sobre infertilidad (y hace mucho de eso, porque de que la fertilidad no iba a ser una de mis virtudes fui consciente desde mis 18 años) siempre me impresionaron las historias de quienes, simplemente, no habían podido tener hijos. Y punto.

Cuando llegó mi incursión en el mundo de la Reproducción Asistida (con factor masculino severo, donación de gametos, FIV, DGP y demás artillería pesada, así para empezar y sin anestesia…) y empecé a descubrir de verdad el mundo de la INFERTILIDAD y sobre todo de las (y algún los) INFÉRTILES, me generaban una tremenda admiración todas esas mujeres que de pronto decían que “paraban para vivir un poco” o que simplemente habían dicho “hasta aquí” y se habían inventado una nueva vida en la que ser feliz (ojo, algunas con mucho trabajo, esfuerzo y sufrimiento de por medio).

Yo no concebía mi vida sin hijos. Os he dicho que desde que me diagnosticaron el SOP con 18 años tras un período de más de un año de amenorrea, supe que tener hijos para mí no iba a ser echar un polvo sin condón y ¡premio!. Pero claro, todo el mundo sabe que hoy en día hay un montón de soluciones para la infertilidad, eh… ¿a qué sí? (guiño, guiño). De hecho, la doctora que me puso mi etiqueta SOP y me recetó ACOS como única y genuina “solución” a todos mis problemas ginecológicos, cuando mi madre se atrevió a preguntarle “¿y cuándo quiera tener hijos?”, le respondió: “pues se ponen unas inyecciones para ovular y ya está”. Y punto (qué fácil, eh…). Con ese panorama, ¿quién podría imaginarse lo que me esperaba después? Sería un poco trabajoso, pero me quedaría embarazada… EVIDENTEMENTE.

Pues claro que no. Conseguí ovular espontáneamente, regular mis reglas, me “cruzaron” con 5 especímenes de macho humano de lo más fértil que existe en el mercado… Y no pasó nada. De todo esto sabéis un poco porque ya os lo he contado.

El caso es que me encontré con mi vida “ideal” para criar a mis hijos (o eso me parecía a mí, ahora con perspectiva igual pienso otra cosa), y sin hijos. Con una pareja estéril y unos ovarios y un útero en huelga.

Lo cuento así porque algo de “gracioso” y frívolo tiene la cosa. Pero una cosa os digo, de esas obvias que me gusta a mí decir, porque son obvias pero a veces si no las dices la gente no las piensa, y tal: no es lo mismo tener hijos que no tenerlos.

“No es lo mismo tener hijos que no tenerlos”. Apuntadlo en mi cuaderno de frases de iluminada. Es que hay gente de la que no tiene hijos ni ha querido tenerlos nunca que dice cosas del estilo de “bueno, por no tener hijos tampoco pasa nada, la vida sigue”. Y me gustaría a mí verlos si de pronto alguien les dejara un par de bebés en la puerta de su pisito de soltero así, por sorpresa, sin quererlo ni buscarlo, y decirles: “bueno, no te pongas así que por un par de hijos más o menos tampoco te va a pasar nada, la vida sigue”… Como que no, ¿no?

Pues eso, es que no es lo mismo.

Hace unos meses me preguntó mi psicóloga si consideraba la infertilidad como una pérdida. Le dije que no. Me insistió. Reflexioné un rato, y volví a decir que no. Volvió a insistir. No sé, pensé que igual se me escapaba algo. Finalmente “acordamos” que el proceso era un “duelo”, como los duelos que se viven con otras pérdidas. Aunque yo seguía sin ver cómo podía perder algo que nunca había tenido.

En estos meses que han pasado desde que decidí dejar la búsqueda, la RA, la pareja y unos cuantos lastres y cadenas que llevaba por ahí colgados, he ganado tanto que sigo sin ser capaz de visualizar la “pérdida”. Porque en la vida a veces hay cosas que pasan y cosas que no, y ya está.

Pero sí que me doy cuenta de que ella tenía razón en que esto de no (poder) tener hijos no es sólo algo que pasa sin más. Y también me doy cuenta de que aunque el proceso emocional/psicológico se compare con un duelo por una pérdida o incluso con el sufrimiento por una enfermedad grave, esto es otra cosa. Es como un gusanillo. Un gusanillo que a veces se alimenta de la abundancia que te rodea y a veces te come por dentro a mordisquitos.

Y entonces, ¿qué? ¿Sigues pensando en ello?

¿En que lo que más me motivó en la vida durante 30 años fue convertirme en madre? Lo pienso. Lo pienso para bien cuando alguien intenta crearme un problema inexistente y me acuerdo de cómo he conseguido ser feliz a pesar de no haber podido. Lo pienso para bien cuando abrazo a la persona que me hace disfrutar de la vida que sí tengo y que nunca habría conocido si hubiera tenido hijos. Lo pienso para mal cuando no me queda más remedio que relacionarme con gente mala para poder seguir remando en la nueva dirección que elegí. Lo pienso para mal cuando me veo obligada a hacer cosas que no me gustan o a pensar en trabajos que me “den de comer”, en lugar de estar pensando en criar niños sanos y felices. El caso es que lo pienso. Constantemente.

¿En si me gustaría tener hijos? Pues también lo pienso. Pienso que sí, a veces. Pienso que no, otras veces. Sobre todo cuando veo hacer maldades a gentuza. Siempre lo pienso. Cuando veo niños, cuando veo embarazadas, cuando veo abuelos, cuando pasan cosas buenas, cuando pasan cosas malas… Constantemente.

¿En qué debo hacer si quiero tener hijos? Pues sí. Después de tantos años no es fácil cambiar el chip. A veces me dan ganas de hacer otros proyectos, de buscarme otras metas. A veces me dan ganas de invertir dinero, esfuerzo y tiempo en otras cosas… Y siempre, SIEMPRE, al final acabo pensando en cómo de compatible sería todo eso con un hijo, si un día quiero tenerlo. A veces incluso me pregunto si tiene sentido invertir en nuevos objetivos sin haber cerrado la puerta de la maternidad. O en palabras simples: si quieres tener un hijo, inténtalo. Me siento como queriendo llenar un hueco que quizá no esté vacío. Que quizá no quiero llenar con otras cosas. Y a la vez ese vacío me agobia. Podría esperar, sin más, pero lo pienso. Constantemente.

¿En si tiene sentido volverlo a intentar? Claro. En qué pasa si un día lo intento y no sucede. En si llegado el momento necesito miles de euros que no tengo. En cómo me voy a sentir si lo intento y no lo consigo por haber “llegado tarde”. En si congelar óvulos, en qué coño hacer con mi SOP para que no me destroce lo que me queda de aparato reproductor… En cuál sería la edad a la que pondría mi límite para decir “se acabó”. Son cosas que me vienen a la cabeza. Constantemente.

El caso es que pienso en ello. Alguna leyéndome podría pensar que soy una especie de tarada obsesionada con la infertilidad… Y lo mismo tiene hasta razón. La verdad es que soy bastante feliz, a pesar de que en estos momentos convivo con alguna que otra situación poco agradable a diario. Podría escribir sobre todas las cosas que me encantan de mi vida de los últimos meses, que son muchas. Puedo escribir sobre cómo poco a poco he integrado en mi cabeza la posibilidad de la vida sin hijos, y no me angustia ni me disgusta.

Pero si alguien quiere saber si me he olvidado de todo, tengo que decirle que no, no es así como funciona.

Pero funciona.

Carta a las mismas de siempre…

Nunca me han gustado los discursos victimistas.

Cuando trabajaba en el extranjero y leía esos relatos dramáticos en primera persona de jóvenes con estudios que sufrían la explotación a miles de kilómetros de sus casas… Me daba una pereza tremenda. Porque un joven europeo con estudios emigrando a un país europeo con trabajo y papeles me parecía a mí que mucha pena no daba. Y sobre los miles de kilómetros, se me quedaban en nada si pensaba que mi abuela, cuando se vino desde Cuenca hasta Madrid, tenía que ahorrar todo el año para poder pagar un viaje de dos días ida y dos días vuelta hasta su pueblo.

Así soy yo. Cojonuda y terca como yo sola. Inconformista, intolerante con lo que considero inaceptable, exigente… Y a la vez, experta en relativizar.

Me enfado por lo que considero injusto (que son muchas cosas). Me enfado mucho, rabio mucho. Discuto y peleo lo que haga falta. Y relativizo. Y siempre pienso que lo mío no es para quejarse. Que tengo suerte con la vida que me ha tocado. Que poder elegir, aunque sea irse a vivir al extranjero con 22 años, es mucho más de lo que a la mayoría del mundo les gustaría tener. Que tengo mil veces más de lo que necesito. Que mis padres me tienen cubiertas las espaldas y eso es un privilegio que pocos tienen. Y eso no me impide señalar todo lo que me parece injusto, que son muchas cosas.

Y con la infertilidad, me pasa igual.

No puedo quejarme. ¿De qué voy a quejarme? Teníamos dinero para pagar lo que no debieron cobrar nunca. Soy joven. Estoy sana. He conocido a gente maravillosa. He crecido como persona. He aprendido a disfrutar de cosas de la vida que sí tengo y no sabía valorar. He ayudado a mucha gente y eso me satisface muchísimo.

Cuando me bajé del tren y le conté al fin a mí entorno lo que había vivido, me chocó mucho el reconocimiento que recibí por su parte. Me chocó hasta el punto de hacerme llorar por lo que había vivido sin llorar por ello. Ver lo duro del camino en los ojos de los demás, me impactó. Yo relativizo. Y sigo haciéndolo. Lo hago de verdad, no finjo, no disimulo, no reprimo nada. No tengo más de lo que quejarme que de lo que dar gracias. Yo no.

Y luego miro a las demás.

Y luego miro a las mismas de siempre. A quienes me acompañan desde el principio. Y siguen ahí. Y dan un paso para alante y la vida las empuja tres para atrás. Y hablamos y son tan preciosas… Ellas también han aprendido mucho y agradecen que las acompañe. Y encajan golpes. Y siguen con sus vidas. Y compaginan trabajo con pinchazos, consultas, operaciones… Y aún se ríen. Quedamos a tomar algo y nos cachondeamos de nosotras mismas. Y a mí me dan vida. Con su mochila arrastras y su vida acuestas me regalan unos minutos de una compañía de esas que recarga pilas. Que me reafirma en mi opinión de que tengo suerte. Por conocerlas a ellas, tengo suerte.

Y una vez más, me enseñan una foto de un TE negativo. Y han sobrevivido con honores a años y años de infertilidad. Y se han repuesto del aborto que terminó con su primer y único positivo. Hace ya dos años, casi. Y se ilusionaron con la donación de ovocitos haciendo gala de una inteligencia emocional sobrehumana. Y rompieron la hucha e hicieron kilómetros y kilómetros. Y dieta, y ejercicio, y sexo con receta médica. Y con risas entremedias.

Y la vida les sirve otro puto test negativo.

Y me da tanta rabia. Porque es tan injusto. Y sé que se repondrán y sacarán lo positivo de todo esto.

Y me parece que siempre sean las mismas, las mejores, las que nunca tienen suerte. Las que asumen, aceptan, avanzan. Y tropiezan. Otra vez y otra vez. Y se levantan. Y es precioso verlas seguir. Y sabes que se podrán en pie cada vez más altas, cada vez más fuertes. Porque ya las conoces. Son las mismas de siempre.

Es horrible.

Lo es. Tenéis todo mi reconocimiento. Os presto mis ojos para ver la mierda que os ha tocado y de la que habéis salido y seguiréis saliendo. Porque queréis, porque sabéis cómo. Porque valéis. Mucho.

Asumir la infertilidad…

Hoy me he acordado mucho de ti. Necesito hablarte. Me centras, me das vida. Pero me da apuro que sea siempre así cuando me dirijo a ti. Siempre con lágrimas en los ojos. Como si fueras algo triste. No eres triste, me das un punto de apoyo para mover mi mundo.

Te dije que aquí me quedaba esperando lo que tú quisieras no te justifiques, no es necesario.

Bebé, odio a la gente cobarde. Odio a la gente mediocre. Odio a la gente que no sabe dar lo que tiene, o que no tiene más, yo qué sé.

Y luego está la gente mala. Pero esa, bebé, esa no tiene arreglo. Casi ni culpa. Es su naturaleza, dan asco. Pero no pueden pararse los pies a sí mismos.

¿Qué te ha pasado?

Algo malo, pero eso da igual. Seguro que tú ya lo sabes. Lo peor ha sido sentirme sola. Y lo mejor. Bebé, cuántas horas, cuántos días, cuántos meses he pasado sola. Sola, sola. Sola a miles de kilómetros de cualquier persona de confianza. Sola físicamente. Y sola en mi mundo, el interior, porque yo siempre he tenido esas cosas dentro que no comparto con nadie sin maquillar.

¿Entonces ha sido bueno o malo?

Supongo que bueno, como todo. Pero me ha hecho pensar en ti. Y te he echado un poco de menos. Un poco… O mucho. O un poco, yo qué sé. Igual ni siquiera era echarte de menos.

¿Sabes? Hoy he leído un “artículo” de una señora que nunca había deseado tener hijos ni, por supuesto, lo había intentado (claro, si no quería, pues para qué lo iba a intentar) hablando de que lo mejor para la infertilidad era asumirla y punto. Le parecía a la señora ridículo (y ridiculizable también) dedicar esfuerzos, dinero, vida, tiempo y salud emocional y física a la reproducción asistida, cuando la natural no es posible.

¿Hemos cambiado de tema ya?

Más o menos, sí. Déjame que siga.

Vale, es que no me quedaba claro. Tú sigue, sigue.

El caso es que la he leído y me ha dado entre asco y pena. Si ella supiera bebé, lo que es asumir que tú no estés. Que la vida te de un giro de 360º y tú ahí, intentando no despeinarte y que no se te note el mareo. Si lo supiera se le quitaría la tontería, no daría lecciones de moral y, si acaso, tendería la mano a quién quisiera saltar el precipicio o lanzarse a él y luego escalar hasta arriba.

Es evidente que no lo sabe.

Es evidente.

Bebé, lo que tú y yo hemos vivido no lo sabe nadie. Lo que tú y yo hemos vencido no lo sabe nadie. Cada céntimo, cada segundo, cada lágrima, cada llanto del que te arranca las entrañas y parece que se te van a salir por la boca… A esa señora que escribió ese “artículo” le parecen ridículos… Claro, para ser un cobarde del montón, no necesitas todo eso, qué esfuerzo más inútil.

A mí me enorgullecen tanto… Me enorgulleces tanto. Tener un bebé que nunca fue es mi fuerza interior. Eres mi fuerza interior. Sigues siendo la razón de que todo merezca la pena.

No te entiendo.

Que tú no vivas hace que merezca la pena que viva yo.

No sé si así me queda más claro o más confuso.

Que los ridículos son ellos, bebé. Que lo ridículo es el miedo que les paraliza.

Qué te voy a decir yo de lo que es ridículo y lo que no que tú no sepas…

Pues eso, bebé. Pues eso.

Recapitulemos

Porque es el momento oficial de las recapitulaciones. En unas horas termina el año. Y todos parecemos tener un par de momentos cada 12 meses en los que nos gusta echar la vista atrás y hacer balance: el 31 de diciembre y cuando cumplimos un año más.

Resulta que yo cumplí años ayer. 32.

Y mi día no se pareció en nada a cómo lo podía haber imaginado antes. En nada de nada. Creo que es el fin de año en el que más lejos me encuentro de lo que planifiqué para mí durante las tres décadas largas que llevo en este mundo ya. Y quizá haya sido mi cumpleaños más feliz.

A veces me cuesta hablar de cómo me siento porque soy consciente de que desde fuera puede parecer una lección de psicología barata a lo Mr. Wonderful. Pero es que le tuve tanto miedo al “otro lado” cuando lo veía desde la acera de la infertilidad que no me puedo quedar callada. Por si me lee alguien desde allí. Alguien como yo. Que sepa que no pasa nada, que a la vida no hay que tenerle miedo. No porque no sea perra, que puede serlo y mucho, sino porque las cosas malas pasan igual y las buenas a veces pasan tan rápido que el miedo puede hacer que te las pierdas.

Son las 7 de la tarde y estoy sola en casa. Con un café calentito, música de fondo y mi teclado y mi ordenador delante. No hay mesa, ni platos, ni olor a comida en mi casa. No viene nadie. Cenaré con mi abuela y mis padres en su casa. Y os tengo que decir que esto me habría hecho sentir triste en otro momento. Porque a mí me gustan estas fiestas, me gusta reunir a la familia, poner una mesa gigante con todos los detalles, servir platos bonitos… Pero hoy estoy aquí disfrutando de mi café y de mi paz.

El sábado estuve con mis sobrinos en el parque, justo antes de que vinieran a comer a casa. Hice una “tarta” de cumpleaños con el mayor en mi casa. La pequeña me dio 1000 besos en la boca y en la nariz. De foca, de esquimal, de “niña normal”… Todo tipo de besos. Con mocos, babas y 39ºC grados de fiebre incluidos. Le dije que esperaba que lo suyo fuera un virus infantil. “¿Y qué es un virus infantil, tia?”. Luego vino el resto de la familia a tomar un café.

Y ayer vino mi padre a felicitarme. Le dije que me acompañara a hacer la compra. Hablamos un rato de todo y de nada. Luego me quedé sola en casa. Me hice la comida, comí, recogí. Disfruto mucho de la tranquilidad de estar sola, de no tener nada que hacer más urgente que todo lo demás. Y sólo hacer cosas. Después vinieron a verme mis dos mejores amigas. Tomamos café, me trajeron unos regalos. Hablamos. De lo de siempre, nos reímos. Y terminé el día con una cena deliciosa, por la comida y por la compañía. Emocionante y divertida. Con muchos detalles.

Hoy he trabajado un ratito y me he ido a patinar por el Retiro. Hasta hace un rato. Me queda darme una ducha, ir a cenar con mis padres y mi abuela y después tomarme una copa en mi casa con mis dos amigas, que este año están aquí, y brindar por el nuevo miembro de la “familia” que si todo va bien nacerá al final del verano (sí, una de ellas está recién embarazada).

El 2018 me ha traído amigas nuevas con las que he compartido muchas horas de conversaciones en directo, por mensaje, por audios infinitos de Whatsapp… Conversaciones divertidas, reconfortantes, profundas, tranquilizadoras…

Me ha traído de vuelta amistades que tenía un poco abandonadas.

Me ha traído unos patines y con ellos un deseo cumplido de hace mucho tiempo. Compartido además con gente muy muy muy bonita por dentro.

Me ha traído trabajo. Un trabajo con el que jamás se me habría ocurrido ni soñar en estos momentos.

Me ha traído un montón de confianza en mi misma, unas gafas nuevas para ver la vida, unos zapatos nuevos para andar el camino que me queda por delante…

Un sentimiento nuevo. Creo que se llama felicidad y no dura para siempre. Así que bueno, yo de momento lo disfruto.

Sí. Yo, como tú, quería ser madre antes de los 30. Quería ser madre mucho más joven cuando era más joven aún. Luego me puse los 30 como meta psicológica. Luego lo intenté y no fue y dije, bueno, quizá me quede embarazada antes de los 31… ¿eso cuenta, no? Y justo antes de cumplir los 32, le quité las pilas al reloj y se calló el tic tac. Tic tac. Tic tac.

Y como suele pasar, sin ruido de fondo se escucha mejor. Yo quería ser madre para ser feliz. Pero me di cuenta de que lo ideal es ser feliz primero y madre si puedes.

Y yo, a mi “vejez” me he vuelto una loca idealista. Y en mi nuevo mundo ideal, un bebé es un regalo, no un objetivo.

Así que en esas estamos…

…FELIZ 2019