Segunda IAD. Esperemos…

Al fin empezamos ciclo nuevo. El sábado me bajó la regla tras un ciclo de 39 días. La verdad es que, para mí, es un ciclo bastante “corto”. Y ademas ovulatorio… qué más puedo pedir… ¿No?

Bueno, pues por pedir voy a pedir uno de esos de 30 días con ovulación a dia 14 que estaba teniendo últimamente. Porque si no mi paciencia corre el riesgo de acabar conmigo.

Tengo cita el día 10 de ciclo en la clínica para un primer control ecográfico.

Estoy cuidando mi alimentación (tras unos meses de locura), y tomando varios suplementos alimenticios. Esperemos que sea suficiente para tener contentos a mis ovarios.

De momento poco más que contar.

Esperar, esperar, esperar…

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#NoTeRindas y otros cuentos de hadas.

Llevo unos días leyendo blogs, artículos, tuits y opiniones varias de profesionales de la Reproducción Asistida a propósito del impacto emocional de la infertilidad.

Quise darles una oportunidad. Pero la verdad es que mi única conclusion fue que no tienen ni puta idea. A ver, que cada una lo vive a su manera. Y que estamos tan habituados a que nos digan cómo debemos actuar y sentir “correctamente” que muchas veces de tanto oír una paparrucha la interiorizamos tanto que la vivimos como si fuera nuestra. Eso es cierto y legítimo, oiga, no diré yo lo contrario. Pero a mí hace tiempo que no se me convence fácilmente de nada, cosas de la vida (no es una virtud, es una característica sin más).

A ver. Todo empezó con varios tuits en referencia al genial abordaje que había hecho del asunto un ginecólogo en la quedada de una asociación de infértiles que ha tenido lugar muy recientemente. Tantos halagos leí que me entró curiosidad. Dije: “Hmmmm, ¿puede ser que haya un profesional que SÍ que sepa acompañar sin avasallar (emocionalmente)?”. Y lo busqué en Google. Iba excéptica y tremendamente intrigada porque de este señor había leído yo opiniones en su día cuando buscaba clínica y había encontrado una especie de 50-50 de fans y detractoras que lo ponían de gilipollas perdido con argumentos bastante convincentes y fragmentos de afirmaciones suyas en consulta que eran para colgarlo de un pino.

Por suerte tiene un blog y leí unos cuantos artículos suyos. Uno en concreto sobre acompañamiento emocional. La verdad, no era malo. O sea, decía cosas que ojalá a muchos se le pasaran por la cabeza una vez al año. Pero madre mía, le faltaba una capa de humildad por encima y le sobraban 3 litros de paternalismo.

Por ejemplo: hablaba de las betas. Y me gustó leer algo que yo pienso desde el día que empecé en esto: que el resultado me pertenece a mí y que hacerme acudir a la clínica para hacerme un análisis de sangre y luego llamarme para darme un sí o un no en una fría conversación telefónica, es una especie de tortura psicológica de primer grado. (¡Punto para el caballero!). Pero claro, aquello no acababa allí. La conclusión inmediata que había sacado de todo esto es que él no mandaba beta, mandaba pipitest en casa, que es igual, y ya me llamarás con el resultado. ¿Y eso por qué? “Porque es lo mejor para usted, señora”. “Pero oiga, yo prefiero…”. “Hágame caso que yo sé bien lo que le conviene”. “Claro pero es que no es la primera vez y yo pienso que…”. “Qué no, señora, que no. Que el experto en sus emociones, creencias y sentimientos soy yo. No me vaya usted a decir a mí que prefiere que le haga una beta, que le digo que lo mejor es que se haga el pipitest en casa, que no lo entiende”…

¿Me explico?

Espero que sí porque no lo voy a explicar de otra manera.

Total, que he estado indagando, leyendo un poquito otros artículos de blogs y webs de clinicas, dejando de silenciar algunos perfiles de Twitter a ver si veía algo que redujera el absimo ese que cada día se me hace más grande entre mí y la señora de la bata cuando voy a consulta.

Y me apareció un ejército de #NoTeRindas con picos y palas cavando como locos hacia el infierno. Ayyyy, ¡ya la he liado otra vez!

Odio el “no te rindas”. Lo odio. No lo entiendo, ni lo comparto, ni lo justifico. Es que no puedo con él. Para mí es otra de esas frases en las que escondemos nuestra incomodidad frente al dolor ajeno. Vamos, igual que el “eres joven” o “mejor ahora que después cuando ya le hubieras cogido cariño”. Sí, así tal cual.

Pero no lo odio ahora porque se refiera a mí. No, intento no ser de esas. Siempre lo he odiado. Me parece una forma cruel de cargar de culpa la mochila de personas que están pasando por una enfermedad cuyo desenlace depende en MUY poco de ellos mismos. (Si queréis leed mi entrada sobre “la actitud es muy importante” que también aplica).

Y cuándo se lo dices a una infértil… Pues igual. ¿Qué significa “no te rindas” cuando se lo dices a una pareja infértil? ¿Qué cojones es rendirse? ¿Qué es rendirse para una pareja que no tiene ahorros y tiene los ingresos justos para vivir? ¿Qué es rendirse para una mujer con una menopausia precoz cuyos principios morales le impiden recurrir a la ovodonación? ¿Qué es rendirse para alguien que prefiere donar 10.000€ a un proyecto social de su región que a una clínica de RA cuyo dueño está forrado de dinero pero que paga una miseria a sus empleadas (doctoras aparte)?

Y todas quieren tener hijos. Claro que sí. No, no es que no lo quieran lo sificiente. Pero no pueden. NO PUEDEN. No es que no quieran. No es que sean cobardes, ni que hayan tirado la toalla, no pueden. Punto. Capítulo cerrado. Y entre las alternativas que se abren ante ellas a partir de ese momento cada una elige la que puede, la que quiere, la que menos duele o la más satisfactoria. Cada una se pone sus propios límites. Y yo no admiro a nadie más que a las mujeres que respetan sus propios límites. Que toman sus decisiones.

¿Sabéis? A mí me enamoran las mujeres que, en contra de recomendaciones “profesionales”, pasean por el mundo orgullosas con una teta menos. Pero, ¿creéis que no entiendo a las que pasan 5 operaciones de cirugía plástica para tener sus dos tetas iguales como todo el mundo? Pues algo así. ¿Cuáles son las valientes? ¿Me sabríais decir?

“No te rindas” es un orden. No nos vendemos los ojos cuando nos interesa. No aceptemos la “intención” como justificación cuando el escupitajo sale de nuestra boca. No somos nadie para ordenar nada.

Yo siempre he pensado que lo más difícil en el camino de la Reproducción Asistida es saber cuándo parar. Incluso no entrar. Es lo que más valentía requiere.

Yo lo he intentado. Y en mi batalla por ser fuerte, por ser fiel a mis principios, por salvar mi orgullo… Me rendí. Y volví otra vez a intentarlo. Y no pasa nada. La vida viene con sus accidentes geográficos. Escala las montañas que tus fuerzas te permitan y ríndete a la corriente cuando te fallen las fuerzas. Qué importa. Y sobre todo: ¿a quién le importa?

Quien realmente sabe acompañar emocionalmente, te empujará en los momentos buenos y te sostendrá en los difíciles para que no te hundas. Pero jamás te dará órdenes imposibles cuando apenas tienes fuerza para respirar.

Ayer fui a una sesión de hipnosis…

(ADVERTENCIA: Este post es muy “raro” y no apto para escépticos. Si algún día se inventan los viajes en el tiempo y mi yo de hace 10 años viene por aquí, se lo advierto: NO LEAS ESTO, no estás preparada.)

Sí, sí. Así tal cual. Además de forma totalmente imprevista e improvisada. Uno de esos planes que sabes que tienen que salir bien. Y salió mejor que bien.

Todo empezó a raíz de un tuit que publiqué comentando las sensaciones y emociones negativas que me habían producido las últimas transferencias (a pesar de haber sido “de pega” – me han hecho dos pruebas de transfer en el último mes-). Una compañera de la #infertilpandy (la llamo D de aquí en adelante) me comentó que su padre, que por cierto es embriólogo igual que ella, era experto en hipnosis y, en la clínica donde trabajaba, la utilizaba durante las transferencias con muy buenos resultados. Me dijo además que hacían unas sesiones grupales los viernes por la tarde y que si me interesaba me invitaba a una. ¡Claro! Para rematar me dijo que llevaba mucho tiempo sin meterse en twitter por falta de tiempo y que mi tuit le había aparecido allí de los primeros al abrirlo para echar una ojeada rápida, así que todo esto tan interesante se me había presentado delante de mis narices por puñetera casualidad. Y a mí, que últimamente he cogido la extraña manía de pensar que todo pasa por una razón, pues me dio por pensar que esa “casualidad” no podía haberse producido en vano. Y dije SI SI SI. Y me apunté.

*Como nota al margen porque me consta que por aquí se pasea alguna que otra fisioterapeuta a la que sé que le va a gustar esto tanto como a mí, os cuento que la historia de la hipnosis y el papá de D la había desubierto unos días antes y me había enamorado. La mamá de D tuvo fibromialgia hace años y su marido se topó con la hipnosis buscando una manera de ayudarla. La encontró y la mamá de D se curó. Y quien sabe un poco de esto sabe lo tremendamente difícil y admirable que es hacer algo así. Quitarse esas etiquetas que prácticamente te tatúan en la piel y más cuando llevas una mochila tan grande de dolor y sufrimiento a las espaldas… A mi me provoca una admiración abrumadora. Se me pusieron los pelos de punta leyendo la historia resumida en tres mensajes de 140 caracteres.

Así que ayer a las 8 de la tarde me presenté en la dirección que D me había dado. Bueno, llegué un poquito antes porque D me había dicho que estaría allí su padre esperándome para hablar conmigo. Y allí estaba, efectivamente. Charlamos un poco sobre mi bagaje en la RA, se sorprendió de mi mala experiencia. Me prometió que había sido muy mala suerte y que no es habitual que pasen cosas tan malas. Así que, aunque sea por pura estadística, ya he debido de agotar todas las probabilidades de que me toque más mierda… jaja. Me invitó a entrar en la sala donde estaba también la mamá de D. Se tomó unos minutos para explicarme un par de detalles y me dijo que me dejara llevar.

Para las que, como yo, no tenéis ni idea de en qué consiste esto de la hipnosis, os diré que es una “especie de” meditación guiada. Bueno, si me permitís la comparación, en el sentido de que tienes que dejarte llevar por la voz que estás escuchando. Sólo que yo soy muy inútil para la meditación porque mi cerebro racional no se calla ni debajo del agua. Además mi pensamiento es esencialmente verbal. Yo me hablo. Me hablo, me hablo, me hablo. Vamos, que hago conmigo misma en mi cabeza lo que hago con los demás, ponerme la cabeza como un bombo de tanto hablar.

Y durante la sesión fui descubriendo precisamente todo en lo que no tiene nada que ver con la meditación y por lo que se me da mucho mejor y me gusta mucho más. El inicio de la sesión es parecido, te centran en las sensaciones corporales para entrar en un estado de relajación profunda. Pero a partir de ahí para mí fue como un diálogo entre mi cerebro racional y mi subconsciente, así tal cual.

Total, que llegamos a un punto en el que nos pidieron dejar las manos suspendidas en el aire. El papá de D me había explicado la posición antes de iniciar la sesión, y me había dicho que servía para trabajar “con movimientos automáticos de las manos”. Así que en cuanto escuché la orden mi cerebro racional se puso en pie: “Ah, ya sé lo que viene ahora”, jaja. Y la otra mitad de mi cerebro racional le dijo: “Pero te quieres callar, que así no se puede…”. Y en esas estaba yo dándole vueltas a la manera de hacer callar la bocaza de mi cabeza, convencida de que no lo estaba haciendo bien cuando de pronto alguien dice que el subconsciente me va a mostrar el lugar de mi cuerpo donde algo va mal (o algo así) y empiezo a sentir calor en el útero. Cómo si me quemaran por dentro. Justo ahí dentro donde los noto cuando me meten algo como si me metieran una pajita por la nariz, pues ahí. Y una sensación muy rara. Como si dentro de mi me hubiera dividido en dos. Como si por un lado fuera un viejo sabio que no necesita pronunciar palabra para dar lecciones y por el otro lado una niña sabelotodo que no para de cuestionar. Y la niña se quedó tiesa, con los ojos como platos, mirando el útero arder. “Ahora el subconsciente va a posar una mano sobre la zona..”, oigo. “Ahhhh, eso sí que no va a funcionar”, estaba diciendo la niña sabelotodo cuando noto el calor en mis manos y mi mano izquierda se posa sobre mi vientre. Se me escapa una sonrisa. Por un momento yo soy el sabio y la niña sabelotodo es una vocecita pequeña en mi cabeza. Me habría reído a carcajadas, pero era demasiado consciente de la presencia de los demás. Es curioso, pero siempre que he hecho algún tipo de terapia de liberación emocional, mi cuerpo elige la risa como forma de expresión.

A partir de ahí me llevaron a una playa con una hoguera. En un momento la hoguera lo llenaba todo de humo. No se veía nada alrededor. En esa nube de humo debía dejar a mi subconsciente buscar soluciones. Por un momento vi una especie de agujero infinito en mi cabeza. Un agujero enorme lleno de cosas que no veía. Me sentía muy rara, porque sabía que estaba pasando algo pero no sabía el qué, el silencio en mi mente era abrumador. Mi única manera consciente de pensar es con palabras y allí no se oía nada. Entonces debía apagar el fuego para acabar con el humo. El cerebro consciente se encargó de eso, como feliz por tener algo que hacer. Agarró un cubo de agua, llenó los pulmones y a esperar la de 1, 2, 3… (no recuerdo hasta cuánto había que contar). De pronto se apagó el fuego y me sentí embarazada. Tal cual. Sé que hay mujeres que sueñan alguna vez que están embarazadas. Yo jamás había sentido algo así. Estaba allí sentada en la playa con la barriga llena de un bebé. Y entonces algo que me dice “puedo Y QUIERO quedarme embarazada”. Y otra vez “puedo Y QUIERO quedarme embarazada”. Y mi cerebro consciente empieza a pensar “¡Claro!, es el quiero. Te está diciendo que quieres, porque lo que te está haciendo sufrir es eso, son las contradicciones sobre “querer”. No pasa nada, claro que quieres.” Y sigo oyendo la frase “puedo y QUIERO quedarme embaraza”. Pero no como cuando me digo a mi misma que todo está bien, o que gracias a lo (malo) que pasó ahora estoy en un punto que me gusta más. Era diferente. Como que venían de otro sitio. Como que el sabio había decidido al fin abrir la boca para decirme con palabras lo que parecía que era incapaz de interpretar de otra manera. “Puedo y QUIERO quedarme embarazada”. Sobrecogedor.

Así, tal cual.

Abrí los ojos. Tardé un rato en volver a estar presente del todo. Madre mía, ¿cuántos meses hacía que no me sentía bien? Bien en plan… normal. Bien. En paz.

Llevaba mucho tiempo dando vueltas a qué podía hacer para salir del bucle en que me estaba metiendo pero no lo tenía claro. No quería ir a un psicólogo a hablar. Hablar ya hablo yo bastante. Razonar ya razono yo bastante. Los puntos positivos me los sé. Tengo herramientas para mantenerme a flote, no era ese el problema.

Yo necesitaba unas alas nuevas para volar a ratos.

Fue una experiencia extraordinaria. Reconectar con mis “superpoderes”. Me encanta.

Volveré.

De feminismo, “igualdad”… Y baja maternal.

Perdonadme que me salga por un pequeño desvío de la RA en el tema de hoy.

Os voy a contar la historia de mi amiga Pepi y mi amiga Loli.

Mi amiga Pepi estudió ingeniería química y trabaja en una gran multinacional petrolera. Su marido también. Ambos cobran sueldos por encima de los 2.000€ mensuales y tienen un contrato fijo. Además, la de Pepi es una de esas empresas donde “no te echan ni con agua caliente”. Pepi se acaba de quedar embarazada.

Loli estudió física y, al terminar la carrera, se quedó en la universidad trabajando con una beca de investigación. Cuando terminó la beca, le salió una oportunidad para trabajar en un proyecto de investigación en una universidad en la otra punta de España que no quiso desaprovechar, y allí fue. El año pasado terminó el contrato y las únicas oportunidades reales de trabajo que le proponían en el sector de la investigación eran en el extranjero. Loli tenía 30 años, su pareja se había quedado en su ciudad de origen porque tenía un negocio que acaba de emprender y tras dos años manteniendo una relación a distancia lo último que quería era irse al extranjero. Así que, haciendo caso omiso sobre lo que “se esperaba de ella” dejó la investigación. Volvió a su pueblo y, mientiendo en el currículum, consiguió un trabajo de unos meses en un supermercado. Después se apuntó a una ETT y fue encadenando contratos en varios trabajos que le ofrecían gracias a su dominio de varias lenguas extranjeras. Loli no se queja, porque entre los dos ganan suficiente para vivir tranquilos y ahorrar un poco para cuando se plantee tener hijos. Por suerte, la vida en el pueblo es barata y ellos no tienen “vicio caros”. Loli se acaba de quedar embarazada.

Pepi tiene un embarazo un poco accidentado, con varias bajas. Pero esta tranquila porque en su trabajo nadie le pone ninguna pega.

Loli tiene un embarazo un poco accidentado. Así que, aunque de la ETT la siguen llamando para algún que otro “contratillo” tiene que empezar a rechazar trabajos. Justo ayer le ofrecieron una sustitución de 15 días pero es lejos de su casa y tendría que estar todo el día de pie. Imposible, el médico le ha dicho que debe hacer reposo hasta que deje de sangrar.

Pepi llega al tercer trimestre y se encuentra mejor que nunca, se reincorpora al trabajo aunque el médico ya le ha dicho que si se encuentra cansada y no puede aguantar el ritmo le dará la baja médica.

Loli llega al tercer trimestre y se encuentra mejor que nunca pero ya no va a volver trabajar. No le importaría aprovechar mientras se encuentre bien para ir ganando un dinerillo extra, pero quién va a contratarla con esa panza… De la ETT ya ni la llaman. Loli no se queja, así puede disfrutar tranquilamente de lo que le queda de embarazo. Está contenta porque tiene mucha suerte, tiene dinero ahorrado y a su pareja el negocio le va bastante bien, así que han decidido que tiene que dejar de preocuparse por el trabajo y centrarse en disfrutar de su hijo al menos hasta que tenga un añito. Loli tiene mucha suerte. Siempre pensó que si tenía un hijo querría tener tiempo para estar con el mientras fuera pequeño y, finalmente, lo han conseguido.

Llega el momento de parir. Pepi y Loli paren el mismo día. A partir de aquí Pepi tiene 16 semana de baja maternal remunerada. Loli tiene tiempo para disfrutar de su hijo y ahorros de sobra para no preocuparse por el trabajo. Loli no se puede quejar, la verdad, está muy feliz. Pepi se queja sin parar. 16 semanas son muy pocas. Ella quiere dar el pecho a su hijo y sabe que cuando se le acabe la baja va a tener muchos problemas para continuar la lactancia. Podría cogerse una excedencia, en su empresa no le ponen ninguna pega y después se incorporaría al mismo puesto y con el mismo salario. Pero Pepi no quiere “perder” ingresos. Está muy enfadada. Esto de la conciliación es una estafa. Pepi no para de quejarse. ¿Por qué tiene que “perder” ella dinero por cuidar de si hijo? ¿Y su marido?

Entonces Pepi que es muy feminista decide luchar por la “igualdad”. Porque no puede ser que siempre sean las mujeres las que se sacrifican por los hijos. Y decide hacer una campaña por una baja de paternidad igual e intransferible para los hombres. Eso sí que es una buena idea. Porque así los empresarios no dudarán a la hora de contratar hombres o mujeres, porque saben que ambos se darán de baja en el momento de tener hijos. Loli la escucha pero no dice nada. Piensa en la última entrevista que hizo para la ETT. Estaba de 32 semanas y era un contrato de 1 mes. Pero la de recursos humanos no dejaba de mirarle la tripa. ¿De verdad esta Pepi sabe lo que está diciendo? Se encoge de hombros y asiente con la cabeza. Qué más da. Ella no tiene de qué quejarse, la verdad. Está muy feliz con su niño y su lactancia y no tiene la presión de tener que reincorporarse al trabajo.

Hoy Pepi está muy contenta. Al fin se ha aprobado la baja paternal igual e intransferible.

Pepi y Loli se quedan embarazadas de nuevo. Pepi se da de baja a los 7 meses de embarazo porque arrastra una ciática que ya no le deja ni coger el coche. Loli ya ni intenta buscar trabajo. El negocio de su marido sigue yendo bien y ella va de vez en cuando a echar una mano. El trabajo temporal es incompatible con un niño pequeño. Cuando te contratan para 15 días no puedes faltar 2 porque tu hijo se ha puesto malo. Tampoco puedes buscar niñera o guardería sin saber si vas a trabajar o no, ni cuánto, ni en qué horarios. Lo intentó cuando el niño cumplió un año y dejó el pecho pero pronto se dio cuenta que no tenía sentido. Por suerte no lo necesitan, así que tampoco se queja.

Loli y Pepi vuelven a parir el mismo día. A partir de ese momento Pepi y su Marido pasan a tener 16 semanas de baja remunerada. +4000€ mensuales de ingresos. Pepi da el biberón a su segundo hijo porque la reincorporación al trabajo con el primero fue un calvario. El niño sólo quería pecho y lo pasaron muy mal hasta que se adaptó, no quiere que le pase lo mismo.

Loli sigue sin quejarse. Aunque con dos niños ya se le hace un poco cuesta arriba. Su marido tiene un montón de trabajo, por suerte, que no puede rechazar porque necesitan ingresar dinero. En casa de Loli entran 2000€ al mes del salario de su marido que trabaja 14 horas diarias. Ella asume prácticamente el 100% de los cuidados de los niños. qué bien le vendría que su marido pudiera quedarse en casa y echarle una mano con el recién nacido… Pero es que el marido de Loli es autónomo. Una pena, porque ahora que al fin hay igualdad…

Y esto… ¿cómo te lo explico?

Hay una persona a la tengo siempre presente en mi cabeza desde que empezamos en esto de la reproducción asistida. Alguien cuya aprobación me es imprescindible, que necesito que entienda todos y cada uno de los pasos que voy dando en este proceso. Esa persona eres tú, hijx.

Cuando nos enteramos de que tenerte no iba a ser cuestión de un “despiste” real o fingido, me hice de pronto plenamente consciente de mi responsabilidad por traerte al mundo. Ya estaba convencida de que quería ejercer una maternidad consciente y responsable el día que decidimos buscarte, no es que de golpe cayera sobre mí el peso de la maternidad, no es eso. Ya tenía muchas ideas y muchos planes sobre cómo quererte, criarte y acompañarte. Pero de pronto… de pronto tenía que decidir dónde buscarte. Tenía que decidir si “fabricarte”. Tenía que elegir a quien elegiría la mitad de tus genes. Tenía que aceptar que nunca sabría quién ni por qué decidió un día donar esa gotita para que tu existieras. En resumen, tenía que tomar algunas de las decisiones más importantes de tu vida… antes de que la tuvieras.

Se me hizo grande. Muy grande. Y pensé mucho en tí. De pronto, la forma de parirte, amamantarte, mimarte, llevarte (o no) al colegio, enseñarte a leer, a sumar, a querer… Pasaron a un segundo plano. Y me dejaron aquí, plantada frente a tí, ya adolescente, pidiéndome explicaciones. ¿Por qué? Me decías. ¿Por qué yo? ¿Por qué así? Uno echa un polvo… y sale un niño. Y luego hace lo mejor (o lo peor, que también hay quién) que puede con ese niño. Pero uno no va, se tropieza con una clínica de Reproducción Asistida y, sin querer, le meten una pajuela de semen dentro. Es cierto. Y tú estabas ahí mirándome y preguntándome por qué.

En ese momento decidí que tú y yo íbamos a tomar las decisiones juntos. Y sí, aunque aún no existas ya hemos hablado mucho. Cada decisión que tomo, hijx, la hablo contigo. De niño, de adolescente, de adulto… Claro que sólo puedo imaginar tus respuestas y te pido perdón si no consigo acertar ninguna. Pero te prometo que no doy ningún paso hacia ti sin antes encontrar la manera de explicártelo. Te aseguro que me esfuerzo cada día para que entiendas todo lo que hago para traerte a mi vida. Y me muero de miedo de tomar una decisión que en algún momento pueda hacerte infeliz.

Y así tomé la decisión hace más de un año de utilizar semen de un donante anónimo para fecundar el óvulo del que saldrías. Al final, tienes un padre maravilloso, que lleva soñando años con verte crecer, con cogerte en brazos, con leerte cuentos, con enseñarte cosas, con acunarte, con jugar contigo, con quererte a muerte… No podría haber encontrado nunca un padre mejor para ti. Y aunque hubieras sido engendrado con espermatozoides de otro hombre, si te soy sincera, no creo que te hubiera criado nadie que no fuera tu padre. Si él no hubiera aparecido en nuestras vidas igual habíamos sido sólo tú y yo. Igual había tenido que robarte tiempo para trabajar fuera y mantenernos a los dos. Igual habíamos tenido que escaparnos lejos para tener una excusa y poder vivir nuestra vida sin un hombre irresponsable a nuestro alrededor… Si nunca hubiera conocido a tu padre, hijx, tú habrías existido igual, pero nos habríamos perdido una familia preciosa. Y por eso decidí que daba igual quién pusiera un espermatozoide. No podré decirte si te pareces físicamente a él, ni hablarte de sus mil defectos y de por qué nunca quise que te criara. Pero yo seré tu madre igual y tu padre será estupendo.

Una vez segura de que hacía lo mejor para tí, nos lanzamos a la Reproducción Asistida. Y desde entonces… Las cosas se han complicado tanto. Que a veces me cuesta encontrar las palabras para explicarte por qué sigo aquí.

Si te digo la verdad, hoy venía a contarte mis dudas. Venía a decirte que me daba la impresión de que te estaba confundiendo con tu hermanx. Pero aquí, hablando contigo me he dado cuenta de que no, de que sigues siendo tú y que sigo queriendo que lo de tu hermanx sea un proyecto de los tres. Quiero que me enseñes a ser madre, hijx. Quiero llevarte en mi vientre, quiero parirte, darte de mamar… Quiero verte crecer desde el minuto cero. Quiero morirme de amor y llorar de angustia un día cualquiera imaginando qué pasaría si te perdiera. Qué cosas más raras digo, sí. Es que ya tengo un poquito de experiencia con esto de que me roben el corazón. Tienes dos primos preciosos que se llevaron un cachito de mi alma cuando vinieron al mundo. ¿Sabes qué pensé cuándo nació tu primo? Que no podría tener hijos, porque nunca podría querer a alguien tanto como a él. ¿Sabes qué hice cuando supe que iba a nacer tu prima? Llorar porque no la iba a querer tanto como a su hermano. ¿Y cuando nació? Quererla igual.

Por eso ahora quiero que tú me enseñes lo que es tener un hijx para poder sentirme preparada (o totalmente perdida, quien sabe) para tener otro. A tu hermanx me gustaría que lo adoptáramos/acogiéramos en familia, hijx. Necesito que tú me enseñes el camino “fácil” de la maternidad primero.

Por eso voy a seguir buscándote. Aunque me humillen, aunque me maltraten, aunque me roben. Por desgracia los necesitamos para empezar nuestra vida juntos.

Espero que lo entiendas.

Te quiero.

1era IAD: El veredicto.

No tengo tiempo pero tenía que pasar por aquí.

Hoy, día 18 post-IA al fin me bajó la regla. No ha sido ninguna sorpresa porque ya me hice una beta a sólo 10 días post-IA que dio 0’0 como la cerveza.

Así que aquí estamos, haciendo planes para la próxima.

Os contaré.

Hay días así.

Días en los que tengo que respirar hondo y acordarme de que, al final, todos nos vamos a morir igual. Si, así, tal cual.

Hay días en los que sólo encuentro paz en un momento de silencio y soledad en que veo a la indecente que dirige el departamento de calidad de la “prestigiosa” clínica que cagó mi FIV recolectando un poco del sufrimiento que ha sembrado en su vida en forma de cáncer de colon en estado avanzado.

Hay días en los que que cierro los ojos y me imagino a la sinvergüenza que se dedicó a insultarme y humillarme durante mi última visita a una clínica de RA, saliendo de la clínica con esa chulería que se gasta sin mirar a dónde va y siendo atropellada por el primer coche que pasaba por allí. Conducido por un prepotente de su misma categoría que, en lugar de sentirse mal, se baja del coche y le pega una patada por habérselo roto.

Hay días en los que sólo consigo sentir un poco de paz interior inventándome un mundo en el que una especie de justicia divina devuelve a cada cual buena parte de lo que recibe.

¿Es cruel y políticamente incorrecto? Yo nunca vine aquí a escribir cuentos de hadas. Por suerte no soy Dios y no puedo provocar nada de lo que imagino.

Hay días en los que no sabes qué sentido tiene la vida que estás viviendo.

Hay días en los que no sabes si aún quieres tener hijos. O si realmente quieres tener un bebé. O si necesitas tanto gestar, parir y amamantar. O si el vínculo genético te importa tanto o es otra de las mierdas que te nublan la vista y no te dejan avanzar.

Hay días en los que no sabes si aún tienes amigos. O si volverás a tenerlos cuando esto pase. Porque hay días en los que te sientes en otra dimensión. Llevas meses sin hablar con ellos más que del tiempo y de sus problemas y dudas. Sus preguntas sobre “lo tuyo” se limitan a cuestiones técnicas y fáciles de contestar y tú las zanjas incluso más rápido de lo necesario porque sabes que si hablas de lo que realmente te está pasando, cavarás un hoyo aún más grande entre tú y ellos. Y, a pesar de todo, sientes que te están fallando tanto… Y que quizá, de todas formas, tú nunca vuelvas a ser la misma.

Hay días en los que cogerías tu vida y la volverías del revés para sacudirle las migas, como a la bolsa del pan. Pero no lo haces y no sabes si es porque no quieres o porque no puedes.

Hay días en los que este proyecto me salva. Escribir y releerme. Leer a mis otras “yo” diciéndome que también hay otro tipo de días. Días en los que soy feliz, días en los que encuentro el lado postivo de las cosas, días en los que me siento orgullosa de lo que estoy haciendo, días en los que peleo por lo que creo.

Hay días en los que me siento perdida, triste, orgullosa y satisfecha. Todo al mismo tiempo.

Días como hoy.